– Lío o no, si me consigues un cliente te daré una comisión.

– Vaya, Bruna, justamente yo traigo un encargo para ti. Y no tienes que pagarme nada.

La androide se volvió y encaró al recién llegado. Era Yiannis. Como casi siempre le sucedía con él, experimentó una sensación contradictoria. Yiannis era el único amigo que Bruna tenía, y ese peso emocional a veces le resultaba un poco asfixiante.

– Hola, Yiannis, ¿qué tal?

– Viejo y cansado.

Lo decía de verdad y lo parecía. Viejo como antes, viejo como siempre, viejo como los autorretratos del Rembrandt viejo que Yiannis le había enseñado a admirar en las maravillosas holografías del Museo de Arte. Había poca gente que, como Yiannis, prescindiera por completo de los innumerables tratamientos que el mercado ofrecía contra la vejez, desde la cirugía plástica o biónica a los rayos gamma o la terapia celular. Algunos se negaban a tratarse por puro inmovilismo, porque eran unos retrógrados recalcitrantes, nostálgicos de un luminoso pasado que jamás existió, pero la mayoría de los que no usaban estas terapias lo hacían porque no podían costeárselo. Dado que, por lo general, la gente prefería ponerse un tratamiento antes que pagar un aire limpio, tener arrugas se había convertido en un claro indicio de pobreza extrema. El caso de Yiannis, sin embargo, era un poco diferente. No era pobre y tampoco era un reaccionario, aunque estuviera algo chapado a la antigua y fuera un anacrónico caballero del siglo XXI. Si no usaba la terapia rejuvenecedora era sobre todo por una cuestión de estética; no le gustaban los estragos de la vejez, pero le parecían aún más feos los arreglos artificiales, y Bruna le entendía muy bien. Lo que hubiera dado ella por poder envejecer.

– ¿Dices que tienes algo para mí?

– Puede ser. Pero no sé si te lo has ganado.

Bruna frunció el ceño y le miró, extrañada.

– No sé de qué hablas.

– ¿No tienes algo que contarme?



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