Bruna se crispó: más que una visita inesperada parecía un asalto. Casa, ver puerta, susurró, y en la pantalla principal surgió la cara del invasor. De la invasora. Le costó unos instantes reconocer los rasgos desencajados y convulsos, pero ese horrible pelo teñido en un anaranjado chillón era inconfundible. Era una de sus vecinas, una replicante que vivía en el ala Este del edificio. Apenas había intercambiado algún saludo con ella en los últimos meses y ni siquiera conocía su nombre: a Bruna no le gustaba demasiado tratarse con los otros reps. Aunque, a decir verdad, tampoco se trataba mucho con los humanos. Para de una vez, maldita sea, gimió para sí, atormentada por el ruido. Fue ese estruendo insoportable lo que hizo que se levantara y fuera a abrir.

– ¿Qué pasa? -masculló.

La vecina detuvo su puño en el aire a medio golpe y dio un respingo, sobresaltada por su súbita aparición. Se puso de perfil, como si estuviera a punto de salir corriendo, y clavó en Bruna la mirada recelosa de su ojo izquierdo. Un ojo turbio y amarillento partido por la llamativa pupila vertical de los reps.

– Tú eres Bruna Husky…

No parecía una pregunta, pero de todas formas contestó.

– Sí.

– Tengo que hablar contigo de algo muy importante…

Bruna la miró de arriba abajo. Tenía el pelo enmarañado, las mejillas tiznadas, la ropa sucia y arrugada, como si hubiera estado durmiendo con ella puesta. Algo que, por otra parte, era lo que acababa de hacer la propia Bruna.

– ¿Es un asunto profesional?

La cuestión pareció desconcertar por un momento a la mujer, pero enseguida cabeceó, asintiendo, y sonrió. Media sonrisa de perfil.

– Sí. Eso es. Profesional.

Había algo inquietante, algo que no iba bien en esa rep desaliñada y temblorosa. Bruna sopesó la posibilidad de decirle que volviera otro día, pero la resaca la estaba matando e intuyó que rechazar a una persona tan obviamente llena de ansiedad iba a ser mucho más difícil y cansado que escucharla. De modo que se echó para atrás y la dejó entrar.



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