– Pasa.

La androide obedeció. Caminaba con saltitos nerviosos, como si el suelo quemara. Bruna cerró la puerta y se dirigió hacia la zona de la cocina. Estaba deshidratada y necesitaba urgentemente beber algo.

– Tengo agua purificada. ¿Quieres tomar un…?

No terminó la frase porque de alguna manera presintió lo que iba a pasar. Comenzó a volverse, pero ya era tarde: un cable se ciñó a su cuello y empezó a estrangularla. Se llevó las manos a la garganta, allí donde el cable mordía la piel, e intentó liberarse, pero la mujer apretaba y apretaba con brío inesperado. Fatalmente pegadas la una a la otra, agresora y agredida bailaron por la habitación un frenético baile de violencia, golpeándose contra las paredes y tirando sillas, mientras el lazo se cerraba y el aire se acababa. Hasta que, en uno de sus manoteos desesperados, Bruna consiguió hincar el codo en alguna zona sensible de su enemiga, que aflojó momentáneamente la presa. Un instante después, la mujer estaba en el suelo y Bruna se había dejado caer sobre ella para inmovilizarla. Cosa que le resultó difícil de conseguir, pese a ser una replicante de combate y, por lo tanto, más grande y atlética que la mayoría. La vecina parecía tener una energía inhumana, un vigor desesperado de alimaña.

– ¡Quieta! -gritó Bruna, enfurecida.

Y, para su sorpresa, la mujer obedeció y dejó de retorcerse, como si hubiera estado esperando que alguien le ordenara lo que tenía que hacer.

Se miraron la una a la otra durante unos segundos, jadeantes.

– ¿Por qué me has hecho esto? -preguntó Bruna.

– ¿Por qué me has hecho esto? -balbució la androide.

Sus ojos felinos tenían una expresión alucinada y febril.

– ¿Qué has tomado? Estás drogada…

– Vosotros me habéis drogado… Vosotros me habéis envenenado… -gimió la mujer.



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