Cuando el viejo Yiannis recordaba ahora al Yiannis veinteañero jugando y riendo con su crío, era como si rememorara a algún conocido de la época remota de su juventud, a un amigo tal vez muy cercano pero definitivamente distinto y a quien hacía mucho que ya no frecuentaba. De modo que veía todo aquello desde fuera, el goce de la paternidad y el horror de la muerte innecesaria, la lenta agonía del niño de dos años, la enfermedad estúpida que no pudo ser curada a causa de las carencias impuestas por la guerra rep. Una historia muy triste, sí, tan trágica que a veces se le mojaban los ojos al recordarla, pero una historia que ya no podía sentir como propia, sino como un drama del que tal vez un día fue testigo, o como un cuento que alguien le hubiera contado.

Y esa lejanía era lo más devastador, lo más insoportable.

Esa lejanía interior era la segunda y definitiva muerte de su niño. Porque si él no era capaz de mantener a su pequeño Edú vivo en el recuerdo, ¿quién más podría hacerlo?

Qué débil, qué mentirosa e infiel era la memoria de los humanos. Yiannis sabía que, en los cuarenta y nueve años transcurridos, todas y cada una de las células de su cuerpo se habían renovado. Ya no quedaba ni una pizca orgánica original del Yiannis que un día fue, nada salvo ese hálito transcelular y transtemporal que era su memoria, ese hilo incorpóreo que iba tejiendo su identidad. Pero si también ese hilo se rompía, si no era capaz de rememorarse con plena continuidad, ¿qué diferenciaba su pasado de un sueño? Dejar de recordar destruía el mundo.

Por eso, porque siempre sintió esa vertiginosa desconfianza hacia la memoria, decidió convertirse en archivero profesional. Y por eso de cuando en cuando intentaba acordarse de Edú de verdad, desde dentro. Cerraba los ojos y, con esfuerzo ímprobo, procuraba reconstruir alguna escena lejana. Volver a visualizar la vieja habitación, el perfil



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