
de los muebles, la exacta densidad de la penumbra; sentir el calor de la tarde, la quietud del aire pegado a su piel; escuchar el silencio apenas roto por un jadeo sosegado y diminuto; oler el aroma tan tibio y tan carnal, ese sabroso tufo a animal pequeño; y entonces, sólo entonces, ver al niño durmiendo en su cuna; y ni siquiera al niño entero, sino quizá reconstruir en toda su pureza y veracidad esa manita aún gruesa, todavía mullida y de bebé, esa mano perfecta de dedos enroscados, abandonada al descanso e ignorante de su absoluta indefensión. Con suerte, alcanzado este punto, el recuerdo llegaba desde el pasado como un rayo y atravesaba a Yiannis, encendiendo de golpe toda la agudeza del sufrimiento y haciendo llorar al viejo. Llorar de dolor, pero también de gratitud, porque de alguna manera, y por un instante, había logrado no ya rememorar a Edú, sino volver a sentir que un día estuvo vivo.
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Madrid, 19 enero 2109, 13:10
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Etiquetas: historia de la ciencia, desorden TP, la Fiebre del Cosmos, Guerras Robóticas, Día Uno, los Otros, Paz Humana, Acuerdos Globales de Casiopea, sintientes.
#422-222
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