– Casa, luces.

Las lámparas se encendieron obedientemente, borrando el paisaje urbano al otro lado de la ventana y poniendo un brillo viscoso, húmedo y sangriento en el globo ocular pegado al suelo. Bruna desvió la vista del despojo y su mirada cayó sobre la cara de la mujer y la cuenca vacía. Un agujero tenebroso. De modo que, para tener algo que contemplar, miró la pantalla principal. Tenía quitado el sonido, pero estaban pasando las noticias y se veía a Myriam Chi, la líder del MRR. Debía de estar en un mitin y hablaba desde un estrado con su virulencia habitual. A Bruna no le gustaban Myriam ni su Movimiento Radical Replicante; desconfiaba profundamente de todos los grupos políticos y le repugnaba especialmente esa autocomplacencia victimista, esa mitificación histérica de la identidad rep. En cuanto a Myriam, conocía bien a las personas como ella, seres enterrados en sus emociones como los escarabajos en el estiércol, yonquis de la sentimentalidad más exacerbada y mentirosa.

– Samaritanos, dime.

Por fin.

– Ha habido un accidente en el barrio cinco, avenida Dardanelos, apartamento 2334. Una mujer ha perdido un ojo. Quiero decir que lo ha perdido completamente, se lo ha sacado, el globo ocular está en el suelo.

– ¿Edad de la víctima?

– Treinta años.

Todos los reps tenían alrededor de treinta años. Para ser exactos, entre veinticinco y treinta y cinco.

– ¿Humana o tecnohumana?

Nuevamente la ira, nuevamente la furia.

– Esa pregunta es anticonstitucional y tú lo sabes bien.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la conexión. De todas maneras, pensó Bruna exasperada, con su respuesta ya se había delatado.

– Iremos lo más pronto que nos sea posible -dijo el hombre-. Gracias por llamar a Samaritanos.



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