
– Casa, llama a Samaritanos -silabeó.
– Samaritanos a tu servicio -respondió al instante una voz robótica convencionalmente melodiosa-. Por favor, disculpa nuestro retraso en atenderte, somos la única asociación civil que ofrece prestaciones sanitarias a la población carente de seguros. Si deseas colaborar económicamente con nuestro proyecto, di donaciones. Si es una urgencia médica, por favor, espera.
La mujer se quejaba quedamente entre los brazos de Bruna y el ojo estaba en efecto en el suelo, redondo y mucho más grande de lo que uno podría imaginar, una bola pringosa con un largo penacho de desmayadas hebras, como una medusa muerta o un pólipo marino arrancado de su roca y arrojado por la marea sobre la playa.
– Samaritanos a tu servicio. Por favor, disculpa nuestro retraso en atenderte, somos…
Bruna había visto cosas peores en sus años de milicia. Mucho peores. Sin embargo, el gesto inesperado y feroz de su vecina le había resultado especialmente turbador. El dolor y el desorden irrumpiendo en su casa a media tarde.
– …di donaciones. Si es una urgencia médica, por favor, espera.
Y eso hacían todos, esperar y esperar, porque Samaritanos no daba abasto con las peticiones de los asociales y siempre estaba colapsado. Era posible que la mujer dispusiera de un seguro, pero seguía inconsciente o quizá profundamente enajenada; en cualquier caso no respondía a los zarandeos ni las llamadas de Bruna, y en cierto sentido era mejor así, porque su desvanecimiento la protegía del horror del acto cometido. Tal vez fuera por eso por lo que no recuperaba la conciencia: Bruna lo había visto muchas veces en la milicia, piadosos desmayos para no sentir. La noche había caído y el apartamento estaba casi a oscuras, sólo iluminado por el resplandor de la ciudad y los faros fugaces de los tranvías aéreos.
