
– Espere, Montalbano, ya estoy aquí.
– Pero ¿cómo? ¿Ha venido Pasquano? -preguntó el comisario.
Mimì lo miró perplejo.
– ¿Por qué no tendría que haber venido? Llegó hace media hora.
Por lo visto, el cabreo con el pobre Catarella había sido una broma.
Pasquano era célebre por su mal carácter y tenía especial empeño en ser considerado un hombre imposible, por eso muchas veces se dedicaba a hacer teatro, para conservar la fama.
– ¿No baja? -preguntó Tommaseo, acercándose sin resuello.
– ¿Y para qué voy a bajar? Ya la ha visto usted.
– Debía de ser muy guapa. Un cuerpo maravilloso -dijo el fiscal con los ojos brillantes a causa de la excitación.
– ¿Cómo la han matado?
– Un disparo en la cara con un revólver de gran calibre. Está absolutamente irreconocible.
– ¿Por qué piensa que ha sido un revólver?
– Porque los de la Científica no han encontrado el casquillo.
– ¿Qué ha ocurrido según usted?
– ¡Pero si está clarísimo, querido amigo! Bueno pues: la pareja llega a la explanada, baja del coche, recorre el sendero y llega al arenal para ocultarse. La chica se desnuda, y después, una vez terminado el acto sexual… -Se detuvo, se lamió los labios, tragó saliva al pensar en la imagen del acto-. Entonces el hombre le pega un tiro en la cara.
– ¿Por qué?
– Bueno, eso ya lo veremos.
– Oiga, pero ¿brillaba la luna?
Tommaseo lo miró desconcertado.
– Verá, no se trataba de un encuentro romántico, la luna no era necesaria, sólo se trataba de…
– Ya he comprendido de qué se trataba, dottor Tommaseo. Pero lo que quiero decir es que en estas últimas noches no brillaba la luna, así que tendríamos que haber encontrado dos cadáveres.
