Tommaseo se quedó estupefacto.

– ¿Por qué dos?

– Porque, bajando en medio de una oscuridad total por ese senderito, el hombre tendría que haberse desnucado con toda seguridad.

– ¡Pero qué me dice, Montalbano! ¡Debían de tener una linterna! ¡Imagínese si no estaban organizados! En fin, yo, por desgracia, debo irme. Ya hablaremos. Buenos días.

– ¿Tú crees que fue eso lo que ocurrió? -le preguntó Montalbano a Mimì cuando Tommaseo se fue.

– ¡Eso para mí es una de las consabidas fantasías sexuales de Tommaseo! ¿Por qué tenían que bajar al vertedero a echar un polvo? ¡Ahí abajo hay un pestazo que corta la respiración! ¡Y unas ratas capaces de comerte vivo! ¡Podían hacerlo muy bien en esta explanada, que es famosa por la cantidad de gente que viene a follar! Pero ¿no has visto cómo está el suelo? ¡Hay todo un mar de preservativos!

– ¿Le has hecho esa observación a Tommaseo?

– Pues claro. ¿Y sabes qué me contestó?

– Me lo puedo imaginar.

– Me contestó que igual esos dos se fueron a follar al vertedero porque, en medio de la mierda, disfrutaban más. El gusto de la depravación, ¿comprendes? ¡Cosas que sólo se le pueden ocurrir a alguien como Tommaseo!

– Muy bien. Pero si la chica no era una puta profesional, es posible que aquí en esta explanada, con tantos coches y con los camiones que pasan…

– Los camiones que se dirigen al vertedero no pasan por aquí, Salvo. Descargan al otro lado, donde hay una pendiente más cómoda que se hizo especialmente para los vehículos pesados.

En la parte superior del sendero apareció la cabeza de Fazio.

– Buenos días, dottore.

– ¿Les falta mucho?

– No, dottore;una media hora más.

A Montalbano no le apetecía ver a Vanni Arquà, el jefe de la Científica. Le inspiraba una antipatía visceral, ampliamente correspondida.



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