
– Ya vienen -dijo Mimì.
– ¿Quiénes?
– Mira hacia allí -contestó Augello señalando en dirección a Montelusa.
En la carretera de tierra que llevaba al vertedero desde la provincial se estaba levantando una nube de polvo idéntica a un tornado.
– ¡Virgen santísima, los periodistas! -exclamó el comisario. Seguro que alguien de Jefatura se había ido de la lengua-. Nos vemos en el despacho -dijo, encaminándose a toda prisa hacia su automóvil.
– Yo vuelvo ahí abajo -repuso Mimì.
La verdadera razón por la cual no había querido bajar al vertedero era que no deseaba ver lo que habría tenido que ver: el cadáver de una chica de poco más de veinte años. Antes le daban miedo los moribundos mientras que los muertos no le causaban la menor impresión. Ahora, de unos años a esta parte, no soportaba la contemplación de muertos asesinados todavía en la flor de la edad. En su interior surgía una rebelión absoluta en presencia de algo que consideraba contrario a la naturaleza, una especie de sacrilegio máximo, aunque el muerto fuera un delincuente y tal vez incluso un asesino. ¡Y no hablemos de los chiquillos! El comisario apagaba inmediatamente el televisor en cuanto el telediario mostraba cuerpos de niños destrozados, muertos a causa de la guerra, el hambre, la enfermedad.
– Es tu paternidad frustrada -había sido la conclusión de Livia, dicha con cierta perversidad, cuando él le comentó la cuestión.
– Jamás había oído hablar de la paternidad frustrada, siempre de la maternidad frustrada -replicó él.
– Si no se trata de paternidad frustrada -insistió Livia-, a lo mejor quiere decir que sufres un complejo de abuelo.
– Pero ¿cómo puedo sufrir un complejo de abuelo si no he sido padre?
– ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Sabes lo que es un embarazo psicológico?
– Cuando una mujer presenta todos los signos de estar embarazada y sin embargo no lo está.
