
Poul Anderson
Las cascadas de Gibraltar
La base de la Patrulla del Tiempo sólo estaría allí durante el centenar de años más o menos que duraría la afluencia. A lo largo ese periodo, poca gente, aparte de los científicos y el personal de mantenimiento, se quedaría allí demasiado tiempo. Por tanto era pequeña, un refugio y un par de edificios de servicio, casi perdidos en la tierra.
Cinco millones de años y medio antes de su nacimiento, Tom Nomura descubrió que el sur de Iberia era más empinado de lo que recordaba. Las colinas trepaban abruptamente hacia el norte hasta convertirse en montañas bajas que amurallaban el cielo, atravesadas por cañones en los que las sombras eran azules. Era una región seca, con lluvias violentas pero breves en el invierno, con ríos convertidos en arroyuelos o en nada cuando la hierba ardía en el verano. Los árboles y los arbustos crecían muy apartados: espino, mimosa, acacia, pino, áloe; alrededor del agua había palmeras, helechos, orquídeas.
Con todo, era rica en vida. Los halcones y los buitres siempre flotaban en el cielo despejado. Manadas de rumiantes se entremezclaban; había ponis rayados, rinocerontes primitivos, antepasados de la jirafa con aspecto de okapi, en ocasiones mastodontes —de fino pelo rojo, con grandes colmillos— o extraños elefantes. Entre los depredadores y carroñeros se contaban los dientes de sable, formas primarias de los grandes gatos, las hienas y los correteantes monos de tierra que en ocasiones caminaban sobre sus patas traseras. Los hormigueros se levantaban a casi dos metros sobre el suelo. Las marmotas silbaban.
Olía a heno, a quemado, mierda cocida y carne caliente. Cuando se despertaba el viento, corría con fuerza, empujando y arrojando polvo y calor a la cara. A menudo la tierra resonaba por las pisadas de los animales, los pájaros clamaban y las bestias barritaban. Por la noche llegaba un frío súbito, y las estrellas eran tantas que uno no distinguía las extrañas constelaciones.
