
Así habían sido las cosas hasta hacía poco. Y todavía no se había producido ningún gran cambio. Pero había comenzado un siglo de trueno. Cuando terminase, nada volvería a ser igual.
Manse Everard miró con los ojos entrecerrados a Tom Nomura y a Feliz a Rach durante un breve momento antes de sonreír y decir:
—No, gracias, hoy me quedaré por aquí. Divertíos.
¿Había caído uno de los párpados del hombre alto, con nariz rota y algo canoso en dirección a Nomura? Éste no podía estar seguro. Eran del mismo entorno, del mismo país. Que Everard hubiese sido reclutado en Nueva York en 1954 y Nomura en San Francisco en 1972 no debería representar gran diferencia. Los trastornos de esa generación no eran más que burbujas en comparación con lo sucedido antes y lo que vendría después. Sin embargo, Nomura acababa de salir de la Academia, con apenas veinticinco años de tiempo vital a las espaldas. Everard no había dicho cuántos años sumaban sus propios viajes por el tiempo; y, considerando el tratamiento de longevidad que la Patrulla ofrecía a sus miembros, era imposible adivinarlo. Nomura sospechaba que el agente No asignado había visto suficiente existencia como para haberse convertido en más extraño para él que Feliz, que había nacido a dos milenios de ambos.
—Muy bien, empecemos —dijo ella. Por cortante que fuese, Nomura pensaba que su voz convertía el temporal en música.
Salieron del porche y atravesaron el patio. Un par de patrulleros los saludaron, con un placer dirigido a ella. Nomura estaba de acuerdo. La mujer era joven y alta, la fuerza de sus rasgos quedaba suavizada por unos grandes ojos verdes, y tenía la boca grande y un pelo castaño que relucía a pesar de llevarlo cortado a la altura de las orejas. El habitual mono gris y las botas resistentes no podían ocultar su figura y la agilidad de su paso.
Nomura sabía que él mismo no era mal parecido —un cuerpo ancho pero flexible, rasgos regulares de altos pómulos, piel bronceada pero ella hacía que se sintiese soso.
