Donde el canal se ensanchaba, el flujo se suavizaba, hasta correr verde y negro. Después la neblina se desvanecía y aparecían las islas, como barcos que produjesen enormes estelas; y la vida podía de nuevo crecer o llegar a la orilla. Pero la mayoría de esas islas desaparecerían por la erosión antes de que terminase el siglo, y la mayor parte de esa vida perecería debido a los cambios climáticos. Porque ese acontecimiento llevaría al planeta del Mioceno al Plioceno.

Al avanzar volando, Nomura no oía menos ruido, sino más. Aunque allí la corriente era más tranquila, se movía hacia un clamor bajo que se incrementaba hasta que el cielo era un infierno bronco. Reconoció una cabeza de tierra cuyo resto gastado llevaría algún día el nombre de Gibraltar. No muy lejos, una catarata de 30 km. de ancho producía casi la mitad de toda el agua que entraba.

Con terrible facilidad, las aguas saltaban ese obstáculo. Eran de un verde cristalino sobre los acantilados oscuros y el ocre profundo de los continentes, La luz encendía sus cumbres. Al fondo, otro banco de nubes se desplazaba blanco por entre los vientos sin fin. Más allá había una hoja azul, un lago cuyos ríos grababan cañones, sobre el centelleo alcalino, el polvo del diablo y el estremecimiento de espejismos de una tierra homo que convertirían en un mar.

Feliz volvió a detener su volador. Nomura se situó a su lado. Estaban a gran altitud; el aire corría frío a su alrededor.

—Hoy —le dijo ella— quiero intentar conseguir una impresión del tamaño. Me acercaré a la parte alta, grabando mientras me muevo, y luego hacia abajo.

—No demasiado cerca —le advirtió él.

Ella mostró su desagrado.

—Eso lo juzgaré yo.

—Bueno, yo… no intentaba darte órdenes ni nada parecido. —Mejor que no lo haga. Yo, un plebeyo y un hombre. Hazlo por mi, por favor… —Nomura se estremeció al oír sus propias palabras torpes—. Ten cuidado, ¿sí? Es decir, para mí eres importante.



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