Precisaría meses de su tiempo vital. ¡Y, del mío, por favor, del mío! Todos en el cuerpo querían experimentar aquel espectáculo estupendo; la esperanza de aventura era prácticamente un requisito para el reclutamiento. Pero no era posible que tantos viniesen al pasado remoto y se acumularan en una zona temporal tan limitada. La mayoría tendría que experimentarlo de segunda mano. Sus jefes no hubiesen elegido a nadie que no fuese un artista consumado, para vivirlo y pasarles la experiencia.

Nomura recordó su asombro cuando le encomendaron que fuese su ayudante. Tan corta como andaba siempre de personal, ¿podía permitirse artistas la Patrulla?

Bien, después de contestar a un críptico anuncio, someterse a varias pruebas desconcertantes y aprender sobre el tráfico intertemporal, se había preguntado si el trabajo policial y de rescate era posible y le habían dicho que, generalmente, lo era. Podía entender la necesidad de personal administrativo, agentes residentes, historiadores, antropólogos y, sí, naturalistas como él mismo. Durante las semanas que llevaban trabajando juntos, Feliz le había convencido de que unos cuantos artistas eran al menos igualmente vitales. El hombre no vive sólo de pan, ni de pistolas, burocracia, tesis y otros detalles prácticos.

Ella volvió a poner en marcha su aparato.

—Vamos— ordenó.

Mientras se alejaba hacia al este por delante de él, su pelo reflejó un rayo de sol y brilló como si estuviese fundido. Nomura la siguió en silencio.


El suelo del Mediterráneo se encontraba a 3.000 metros por debajo del nivel del mar. El flujo caía por un estrecho de 80 km. de ancho. Su volumen representaba unos 40.000 km3 al año, un centenar de cataratas Victoria o un millar de Niágaras.

Hasta ahí las estadísticas. La realidad era un estruendo de agua blanca, cubierta de espuma, capaz de agitar la tierra y estremecer montañas. Los hombres podían ver, oír, sentir, oler y saborear el espectáculo; no podían imaginarlo.



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