
– ¿No se encuentra usted bien, señor Wells?
– Es una especie de fobia. No es nada de particular.
– ¿Terror a la oscuridad?
– Eso es. Pero ya me encuentro mejor.
Recorrieron el lugar. Aunque sólo se abría al exterior por unos pocos tragaluces, estrechos y situados al nivel del techo, el apartamento le pareció bien a Jonathan. Todas las paredes estaban tapizadas de un gris uniforme, y había polvo por todas partes. Pero no iba a ponerse difícil.
Su vivienda actual era ya la quinta. Por otra parte, no tenía medios para pagar el alquiler. La empresa de cerrajería en la que trabajaba había decidido hacía poco prescindir de sus servicios.
La herencia del tío Edmond era realmente una ganga inesperada.
Dos días después se instalaba en la calle de los Sybarites n.° 3 con su esposa Lucie, su hijo Nicolás y su perro Ouarzazate, un caniche enano.
– Pues a mí no me disgustan todas estas paredes grises -dijo Lucie, recogiéndose la espesa cabellera roja. Podremos decorarlo como nos parezca. Está todo por hacer. Es como si tuviésemos que convertir una cárcel en un hotel.
– ¿Dónde está mi habitación? -preguntó Nicolás.
– Al fondo a la derecha.
El perro ladró y empezó a mordisquearle las pantorrillas a Lucie, sin tener en cuenta que ella llevaba en los brazos la vajilla de sus esponsales.
Fue de inmediato a parar al cuarto de baño, y encerrado allí con llave, porque saltaba hasta los pomos de las puertas y sabía accionarlos.
– ¿Tratabas mucho a tu tío pródigo? -preguntó Lucie.
– ¿Al tío Edmond? En realidad, todo lo que recuerdo es que jugaba conmigo a llevarme en avión cuando era muy pequeño. Una vez me dio tanto miedo que me hice pipí encima de él.
