
– ¿En qué piensas, Bruto? -le preguntó Julia sonriente.
– Oh, en nada importante -le respondió él distraídamente.
– Eso es una evasiva. ¡Dime la verdad!
– Estaba pensando en la persona tan estupenda que es mi tío Catón.
Julia arrugó la amplia frente.
– ¿Tu tío Catón?
– Tú no lo conoces porque todavía no es lo bastante mayor para estar en el Senado. En realidad está tan cerca de mi edad como de la de mi madre.
– ¿Es aquel que no permitió que los tribunos de la plebe derribaran una columna que obstruía el paso dentro de la basílica Porcia?
– ¡Ése es mi tío Catón! -exclamó Bruto con orgullo.
Julia se encogió de hombros.
– Mi padre dice que eso fue una estupidez por su parte. Si hubieran derribado la columna, los tribunos de la plebe habrían tenido una sede más cómoda.
– Tío Catón tenía razón. Catón el Censor puso allí la columna cuando construyó la primera basílica de Roma, y ése es el lugar que le corresponde de acuerdo con la mos maiorum. Catón el Censor permitió que los tribunos de la plebe utilizaran el edificio como sede porque comprendió la difícil situación en que se encontraban; porque ellos son magistrados elegidos únicamente por la plebe, no representan a todo el pueblo y no pueden utilizar un templo como sede. Pero no les regaló el edificio, sólo les permitió el uso de una parte de él. Entonces parecieron estar bastante agradecidos por ello. Ahora quieren cambiar la construcción que costeó Catón el Censor. El tío Catón no tolera la mutilación de un lugar tan señalado que lleva el nombre de su bisabuelo.
Puesto que Julia era por naturaleza pacífica y no le gustaba discutir, volvió a sonreír, le puso una mano en el brazo a Bruto y le dio un cariñoso apretón. Bruto era un niño muy mimado, muy estirado y pagado de sí mismo; y a pesar de que lo conocía desde hacía bastante tiempo, sentía -aunque no sabía bien por qué- mucha pena por él. ¿Sería, quizás, porque la madre de Bruto era una persona tan… retorcida?
