
– Bueno, eso ocurrió antes de que mi tía Julia y mi madre murieran, así que yo diría que ya nadie derribará la columna -dijo ella.
– ¿Esperáis que tu padre llegue pronto a casa? -le preguntó Bruto virando mentalmente hacia el matrimonio.
– Cualquier día de éstos.
– Julia se removió llena de contento-. ¡Oh, cómo lo echo de menos!
– Dicen que está resolviendo problemas en la Galia Cisalpina, en la parte más lejana del río Po -comentó Bruto haciéndose así eco, aunque de forma inconsciente, del tema que se estaba convirtiendo en animado motivo de debate entre el grupo de mujeres que rodeaba a Aurelia y Servilia.
– ¿Por qué habría César de hacer eso? -estaba preguntando Aurelia al tiempo que arrugaba las oscuras y rectas cejas. Aquellos famosos ojos de color morado miraban con enojo-. ¡Verdaderamente, hay veces en que Roma y los nobles romanos me dan asco! ¿Por qué tienen que señalar siempre a mi hijo para hacerle víctima de las críticas y el cotilleo político?
– Porque es demasiado alto, demasiado guapo, demasiado arrogante y tiene demasiado éxito con las mujeres -dijo Terencia, la mujer de Cicerón, tan directa como avinagrada-. Y además -añadió ella, que estaba casada con un famoso poeta y orador-, habla muy bien y escribe con mucho estilo.
– ¡Esas cualidades son innatas, ninguna de ellas merece las calumnias de algunos a los que podría mencionar por el nombre!
– dijo bruscamente Aurelia.
– ¿Te refieres a Lúculo? -preguntó Mucia Tercia, la mujer de Pompeyo.
– No, por lo menos a él no se le puede culpar de eso -dijo Terencia-. Supongo que el rey Tigranes y Armenia le han quitado de la cabeza cualquier cosa que tenga que ver con Roma, excepto esos caballeros que se dedican a recoger impuestos en las provincias y que nunca tienen bastante.
