
– ¡Eso es una completa tontería! -dijo Servilia.
– ¿Y por qué es una tontería, señora? -preguntó una profunda voz de hombre.
La sala quedó paralizada hasta que la pequeña Julia salió alborozada de su rincón y saltó por los aires para caer encima del recién llegado.
– ¡Tata! ¡oh, tata!
César levantó a la niña del suelo, la besó en los labios y en las mejillas, la abrazó y le alisó con ternura el cabello escarchado.
– ¿Cómo está mi niña? -preguntó sonriéndole sólo a ella.
Pero lo único que Julia lograba decir, mientras escondía la cabeza en el hombro de su padre, era:
– ¡Oh, tata!
– ¿Por qué crees que es una tontería, señora? -repitió César al tiempo que se colocaba a la niña cómodamente en el antebrazo derecho; ahora que contemplaba a Servilia la sonrisa de aquel hombre había desaparecido incluso de los ojos, que miraban a los de ella reconociendo, en cierto modo, su sexo, aunque sin concederle al hecho mayor importancia.
– César, ésta es Servilia, esposa de Décimo Junio Silano -dijo Aurelia, al parecer sin sentirse en absoluto ofendida por el hecho de que su hijo todavía no hubiera encontrado el momento oportuno para saludarla.
– ¿Por qué, Servilia? -volvió a preguntar César inclinando la cabeza al pronunciar el nombre.
Ella mantuvo un tono de voz tranquilo e igual, y midió sus palabras como un joyero mide el oro.
– No hay lógica en un rumor así. ¿Por qué ibas a molestarte tú en fomentar la rebelión en la Galia Cisalpina? Si te dirigieras a aquellos que no poseen la ciudadanía romana y les prometieras que trabajarías en su nombre para conseguirles el derecho al voto, ello no sería más que una conducta muy adecuada para un noble romano que aspira al consulado. Estarías, sencillamente, reclutando clientes, cosa que es apropiada y admirable para alguien que quiere ascender en la escala política.
