
– A quien te refieres es a Bíbulo, que ahora está de regreso en Roma -dijo una majestuosa figura que estaba sentada en la mejor silla. Sólo ella, en medio de aquel grupo vestido de vivos colores, iba ataviada de blanco de la cabeza a los pies, con vestiduras tan amplias y largas que ocultaban cualquier encanto femenino que hubiera podido poseer. Sobre la regia cabeza se alzaba una corona hecha de siete trenzas superpuestas de lana virgen; el tenue velo que le pendía flotó al darse ella la vuelta para mirar a las dos mujeres que se encontraban en el sofá. Perpenia, jefa de las vírgenes vestales, soltó un bufido al reprimir la risa-. ¡Oh, pobre Bíbulo! Nunca puede esconder la desnudez de su animosidad.
– Todo lo cual nos lleva de nuevo a lo que yo he dicho anteriormente, Aurelia -intervino de nuevo Terencia-. Si tu alto y atractivo hijo se gana enemigos en tipos pequeñajos como Bíbulo, no tiene que culpar a nadie más que a sí mismo de que lo calumnien. Es el colmo del disparate hacer quedar como un tonto a un hombre delante de sus iguales poniéndole de mote la Pulga. Bíbulo se ha convertido en su enemigo de por vida.
– ¡Qué ridiculez! Eso pasó hace diez años, cuando ambos no eran más que unos muchachos jóvenes -dijo Aurelia.
– Venga ya, tú sabes perfectamente lo sensibles que son los hombres pequeños para los rumores que se basan en su tamaño -apuntó Terencia-Tú perteneces a una antigua familia de políticos, Aurelia. En política la imagen pública de un hombre lo es todo. Tu hijo ofendió la imagen pública de Bíbulo. La gente todavía lo llama la Pulga. Nunca perdonará ni olvidará.
– Por no hablar de que Bíbulo tiene un público ávido de sus calumnias en seres como Catón -intervino Servilia ásperamente.
– Qué es lo que va diciendo Bíbulo exactamente? -preguntó Aurelia con los labios apretados…
– Oh, que en lugar de regresar directamente de Hispania a Roma, tu hijo ha preferido fomentar la rebelión entre aquellas personas de la Galia Cisalpina que no poseen la ciudadanía romana -le respondió Terencia.
