
A causa de ese pensamiento la mente de Bruto dio un salto hasta la escuela, una digresión típica para una mente que tenía tendencia a la divagación. Su madre no deseaba enviar a Bruto a la escuela, pues temía que su hijo se viera expuesto a niños de rango y salud inferiores, y estaba preocupada asimismo porque la naturaleza estudiosa de Bruto fuera motivo de risas. Mejor que Bruto tuviera su propio tutor en casa. Pero entonces el padrastro de Bruto había insistido en que aquel único hijo varón necesitaba el estímulo y la competencia de una escuela.
«Un poco de sana actividad y unos compañeros de juegos corrientes», así era como lo había expresado Silano, no precisamente celoso de que Bruto ocupase el lugar predilecto en el corazón de Servilia, sino más bien preocupado porque cuando Bruto madurase por lo menos debería haber aprendido a asociarse con diferentes tipos de personas. Naturalmente, la escuela que Aurelia recomendó era una muy exclusiva, pero los pedagogos de todas las escuelas en general tenían una manera de pensar inquietantemente independiente que los llevaba a aceptar chicos brillantes aunque sus medios familiares fueran menos selectos que el de un Marco Junio Bruto, por no hablar ya de dos o tres chicas brillantes.
Teniendo a Servilia por madre, era inevitable que Bruto odiase la escuela, aunque Cayo Casio Longino, el compañero de estudios que más merecía la aprobación de Servilia, procedía de una familia tan buena como un Junio Bruto. Este, sin embargó, toleraba a Casio sólo porque haciéndolo mantenía a su madre contenta. ¿Qué tenía él en común con un muchacho ruidoso y turbulento como Casio, enamorado de la guerra, de la lucha, de todas aquellas hazañas que entrañan gran atrevimiento? Sólo el hecho de haberse convertido rápidamente en el favorito del maestro había logrado reconciliar a Bruto con la espantosa prueba que había sido la escuela. Eso y compañeros como Casio.
