—¡Yo! —El rostro de Elemak se endureció y se sonrojó. No era aconsejable que sus emociones fueran tan transparentes. No era lo que necesitaba un líder.

—Sólo quiero que comprendas que regresar a Basílica es imposible.

—Ten la certeza, Rasa, de que si quisiera regresar a Basílica antes de ver de nuevo a mi padre, lo haría. Y tal vez aún decida hacerlo después de verle.

Ella asintió.

—Me alegra que refresque de noche en el desierto. Así podemos soportar el brutal calor del día, sabiendo que la noche será benigna.

Elemak sonrió.

—Lo preparé para ti, dama Rasa.

—Shedemei y yo estuvimos hablando —dijo Rasa.

—Lo sé.

—Sobre un asunto muy grave. Algo que podría desbaratar nuestra colonia. El sexo, por cierto.

Elemak se puso alerta al instante, pero mantuvo la calma.

—¿Sí? —preguntó.

—Sobre todo, lo concerniente al matrimonio.

—Por el momento cada cual tiene su pareja. Ningún hombre duerme insatisfecho, cosa que no sucede en la mayoría de las caravanas. En cuanto a ti, Hushidh y Shedemei, pronto estaréis con vuestros maridos, o los hombres que lo serán.

—Pero algunos se interesan menos en la cópula que en la cacería.

—Lo sé —dijo Elemak—. Pero las opciones son limitadas.

—Y sin embargo algunos aún están eligiendo, aunque la elección parezca estar ya hecha.

Rasa notó que él se ponía tieso, fingiendo calma, rehusando hacerle la pregunta que tenía en el corazón. Teme por Eiadh, su mujer, su amada. Rasa no había pensado que Elemak fuera tan perceptivo en ese sentido, que ya estaría preocupado.

—Deben permanecer fieles a sus cónyuges —dijo Rasa.

Elemak asintió.

—Nunca he tenido ese problema. En mis caravanas, los hombres están solos hasta que llegamos a las ciudades, y entonces la mayoría se conforman con prostitutas.

—¿Y tú? —preguntó Rasa.



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