
Ella sonrió.
—Ah sí, nudos. ¿Eso es lo que estás haciendo aquí?
Él sonrió a su vez, y Rasa notó que él valoraba su elogio.
—Entre otras cosas, dama Rasa.
—Tú eres un conductor de hombres. No lo digo como madrastra, ni siquiera como cuñada, sino como una mujer que también ha ejercido el liderazgo. Aun los perezosos se avergüenzan de ser demasiado obvios en ello. —No mencionó que hasta ahora sólo había logrado concentrar la autoridad en sí mismo, sin que nadie la asimilara, de modo que no tenía efecto cuando él no estaba presente. Tal vez eso era todo lo que había necesitado durante sus años de caravanero. Pero si se proponía mandar esa expedición (y Rasa no era tan tonta como para creerse que Elemak tenía la menor intención de permitir que su padre ejerciera algo más que una autoridad formal) no podría limitarse a hacer que la gente dependiera de él. La esencia del liderazgo, mi querido y joven jefe, consiste en lograr que la gente sea independiente, de persuadirla de seguirte libremente. Entonces obedece los principios que le has enseñado, aunque le des la espalda. Pero no podía decirle esto en voz alta; aún no estaba preparado para oír esos consejos. Así que Rasa continuó alabándolo, con la esperanza de cimentar su confianza para que él aprendiera a escuchar—. Y mis hijas tienen menos quejas y discusiones que cuando sus vidas eran fáciles.
Elemak hizo una mueca.
—Sabes tan bien como yo que la mitad de ellos preferirían regresar a Basílica cuanto antes. Tal vez yo mismo lo preferiría.
—Pero no regresaremos —dijo Rasa.
—Supongo que sería decepcionante regresar a la ciudad de Moozh cuando él nos despidió con tanta gloria.
—Decepcionante y peligroso.
—Bien, Nafai está libre de la acusación de matar a mi amado hermanastro Gaballufix.
—No está libre de nada —dijo Rasa—. Y llegado el caso, tú tampoco, hijo de mi esposo.
