Elemak se acostó en la alfombra.

—¿Por qué me escucharían a mí si les hablara de ello? —dijo—. Creerán que lo digo para quedarme con Eiadh. Sé muy bien que otros ya están esperando el momento de cortejarla, cuando hayan pasado nuestros primeros años de matrimonio.

—Entonces debes persuadirlos de aceptar los motivos para un matrimonio monógamo… para que entiendan que no se trata de un plan interesado de tu parte.

—¿Persuadirlos? —Elemak soltó una carcajada—. Dudo que pueda persuadir a Eiadh.

Rasa notó que él se arrepentía al instante de haber hecho ese comentario. Era toda una confesión.

—Quizá persuasión no sea el término adecuado.

Es preciso ayudarles a entender que es una ley que debemos obedecer para evitar que esta familia se disgregue en un baño de sangre físico y emocional, tal como debemos guardar silencio cada día de viaje.

Elemak se incorporó, se inclinó hacia ella, con ojos plenos de… ¿qué? ¿Furor, temor, aflicción? Rasa se preguntó si había en juego más de lo que ella creía.

—Dama Rasa —dijo Elemak—, ¿esta ley que quieres es tan importante como para matar por ella?

—¿Matar? Eso es precisamente lo que más temo. Eso es lo que debemos evitar.

—Estamos en el desierto, y cuando lleguemos al campamento de Padre aún estaremos en el desierto, y en el desierto hay un solo castigo para cualquier delito. La muerte.

—No seas absurdo.

—Decapitación o abandono en el desierto, lo mismo da. Aquí el exilio es la muerte.

—Pero jamás se me ocurriría imponer una pena tan severa.

—Piénsalo, Rasa. ¿Dónde encarcelaríamos a alguien mientras viajamos? ¿Quién dispondría de tiempo libre para vigilar a un prisionero? Siempre se pueden dar azotes, por cierto, pero luego tendríamos que cuidar de una persona herida, y ya no podríamos viajar seguros.



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