
—¿Y qué dices de revocar un privilegio? ¿Quitarle algo? Una multa, como se hacía en Basílica.
—¿Qué les quitarías, Rasa? ¿Qué privilegios tenemos? Si privas al infractor de algo que necesita de veras, como el calzado o el camello, lo lastimas de cualquier modo, y debemos viajar más despacio y arriesgar a todo el grupo. Si lo privas de lujos prescindibles, lo llenas de resentimiento y tienes una persona más a quien atender pero en quien no puedes confiar. No, Rasa, si la vergüenza no es suficiente para impedir que un hombre infrinja una ley, el único castigo efectivo es la muerte. El infractor no reincidirá, y todos los demás sabrán que va en serio. Y cualquier castigo más leve que la muerte surtirá el efecto contrario… el infractor reincidirá, y nadie más respetará la ley. Por eso te pregunto, antes de decidir que ésta ha de ser una ley en nuestros viajes, si consideras que vale la pena matar por ella.
—Pero de cualquier modo nadie te creerá capaz de matar, ¿verdad?
—¿Eso crees? Puedo decirte por experiencia que lo más difícil de castigar a un hombre en una travesía es contar a su viuda y sus huérfanos por qué no regresó a casa.
—Oh, Elemak, nunca creí…
—Nadie lo cree. Pero los hombres del desierto lo saben. Y cuando abandonas a un hombre en vez de matarlo al instante, tampoco le das ninguna posibilidad… ni camello, ni caballo, ni siquiera agua. De hecho, lo amarras de tal modo que no pueda moverse, para que los animales lo liquiden pronto… porque si vive demasiado, pueden encontrarlo los bandidos, y entonces padecerá una muerte más cruel, y mientras muere revelará a los bandidos tu paradero, y cuánta gente llevas, y cuántos montan guardia, y dónde guardas tus objetos de valor. También revelará otras cosas… el nombre cariñoso con que llama a su mujer, el apodo de los guardias, de modo que los bandidos sabrán qué decir en la oscuridad para confundir a tu gente y tomarla desprevenida. Les revelará…
