—¡Basta! —exclamó Rasa—. Lo haces a propósito.

—Tú crees que la vida en el desierto es una cuestión de frío y calor, de camellos y tiendas, de ir de vientre en la arena y de dormir en alfombras en vez de camas. Pero yo te describo aquello que Padre, tú y Nafai habéis escogido para nosotros…

—Lo que ha escogido el Alma Suprema.

—… la vida más penosa que puedas imaginar, un mundo peligroso y brutal donde la muerte te respira en la nuca, y donde tienes que estar dispuesto a matar para mantener el orden.

—Pensaré en otra cosa. Otra manera de manejar los matrimonios…

—No podrás. Te devanarás los sesos, y al fin y al cabo llegarás a la única conclusión posible. Si esta descabellada colonia desea triunfar, debe triunfar en el desierto y por la ley del desierto. Eso significa que las mujeres deben ser fieles a sus hombres, o morir.

—Y los hombres, si ellos son infieles —dijo Rasa, con la certeza de que Elemak no podía pretender que sólo se castigara a las mujeres.

—Oh, entiendo. Si dos personas infringen esta ley del matrimonio, tú deseas que ambas mueran, ¿verdad? Ahora tú eres la sanguinaria. Una mujer es más prescindible que un hombre. A menos que propongas que entrene a Kokor y Sevet para luchar. A menos que creas que Dol y Shedemei pueden cargar las tiendas en el lomo de los camellos.

—Conque en tu mundo de hombres la mujer sufre el peor castigo…

—Ahora no estamos en Basílica, Rasa. Las mujeres prosperan donde la civilización es fuerte. Aquí no. Si lo piensas bien, verás que castigar a la mujer sola es el mejor modo de mantener la ley. Porque ningún hombre puede susurrar «te amo» cuando ambos saben que en realidad quiere decir «tengo tantas ganas de follarte que no me importa si te mueres». ¿Cuánto éxito puede tener su seducción? Y si trata de forzarla, ella gritará… porque sabrá que su vida está en juego. Y si pillamos a un violador, mientras ella grita, en ese caso es el hombre quien muere. ¿Entiendes? El arte de la seducción pierde todo su encanto.



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