
En otras palabras, se dan todas las condiciones para que el juicio y la situación carezcan de la carga emotiva que tienen los juicios ordinarios.
No es así, y por un motivo muy preciso.
Cuando llegas hasta el Tribunal Supremo estás muy cerca del final del proceso. Una de las posibilidades que se debaten en la audiencia es que no admitan tu recurso. Y si la corte no admite tu recurso contra una sentencia condenatoria puede ocurrir que el paso siguiente, para tu cliente, sea ingresar en prisión para cumplir la pena.
Esto convierte en algo muy poco abstracto lo que ocurre en el Supremo. Transforma la rarefacción de las salas y de la audiencia en el presagio dramático de cosas muy vulgares y, con frecuencia, tremendas.
El fiscal general solicitó que no se admitiera a trámite mi recurso. Habló poco, pero se notaba que se había estudiado el caso, algo que no siempre se da por descontado. Refutó con eficacia la base de mis argumentos y yo pensé que, de encontrarme en el lugar de los jueces, me habría convencido y le hubiera quitado la razón al recurrente.
Luego, el presidente del tribunal se dirigió a mí: «Abogado, el tribunal ha leído su recurso y también el expediente judicial. Su punto de vista está claramente expuesto. Le rogaría que, en su exposición, se ajustara a los aspectos fundamentales o a cuestiones que no hayan sido tratadas en el recurso o en la memoria».
Muy amable y muy claro. Abrevia, por favor, no repitas lo que ya nos sabemos y, sobre todo, no nos hagas perder el tiempo.
