Lo sé. Mi cliente había sido un camello, es decir, un delincuente y, de no haber sido detenido, habría seguido traficando y recogiendo alegremente los frutos de su actividad. Pero en esos años, en los transcurridos entre su detención y la resolución del Supremo, se había convertido en otra persona. Eso era, me parecía insoportable la idea de que el pasado irrumpiese así, bajo la forma aséptica y cruel de una resolución del Supremo, y destruyese todo eso.

Después de tantos años, me parecía un acto de violencia, especialmente insensata porque no se podía culpar de ella a nadie.

Me sumí en un sueño ligero y enfermizo, pensando en estas cosas. Cuando abrí los ojos, ya se veían las luces de la ciudad.

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De regreso a casa llamé a mi cliente e intenté no darme cuenta del espeso silencio que se materializó entre nosotros apenas le di la noticia. Intenté no ser consciente, ignorando aquel silencio, de esa vida entera que acababa de quedar hecha jirones, y cuando colgué pensé que estaba empezando a ser demasiado viejo para este trabajo.

Luego intenté cenar con lo que había en la nevera pero en realidad, me eché al gaznate casi una botella entera de primitivo de catorce grados y medio. Dormí poco y mal y el fin de semana fue una lenta, agotadora y grisácea travesía. El sábado fui al cine, pero me equivoqué de película y a la salida me encontré con una lluvia minuciosa e implacable. Siguió lloviendo durante todo el domingo, que me pasé en casa, leyendo, pero también me equivoqué de libros y lo mejor del día fueron un par de episodios de Happy days emitidos en un canal por satélite.

Cuando me levanté, el lunes por la mañana, me asomé a la ventana, vi que entre las últimas nubes asomaba algún rayo de sol y me alegré de que, por fin, hubiera acabado ya ese fin de semana.



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