Me pasé toda la mañana en los juzgados, entre audiencias insignificantes y paseos por las distintas secretarías.

Por la tarde fui al bufete. A mi nuevo bufete. Estaba en funcionamiento desde hacía más de cuatro meses, pero cada vez que empujaba la pesada puerta blindada que el arquitecto se había empeñado en instalar sentía la misma sensación de extrañeza. Y siempre me hacía la misma serie de preguntas. ¿Dónde diablos estaba? Y, sobre todo, ¿quién me había mandado irme del pequeño, viejo y confortable bufete para mudarme a ese sitio extraño, que olía químicamente a plástico, madera y piel?

En realidad, detrás de aquella mudanza había una serie de diversas y buenas razones. En primer lugar, Maria Teresa se había licenciado por fin en Derecho y me había pedido continuar en el bufete, pero como abogada en prácticas, no como secretaria. Surgió así la necesidad de encontrar a alguien que ocupase su puesto. Contraté a un señor de unos sesenta años, llamado Pascuale Macina, que había trabajado durante muchísimos años con un colega, ya anciano, y que se había quedado sin trabajo cuando este último murió.

Por la misma época, más o menos, un amigo, profesor universitario, me pidió que contratara a su hija, que quería ser penalista. Ya era abogada, pero en el bufete de su padre sólo se había ocupado de casos civiles y se había dado cuenta de que eso no le gustaba en absoluto.

Consuelo es adoptada y nació en Perú. Tiene la cara oscura y mofletuda, con unas mejillas que, a primera vista, le dan un aspecto algo gracioso, como si fuera un hámster. Sin embargo, si te cruzas con su mirada, en determinados momentos, te das cuenta de que graciosa no es la palabra que mejor la define. Los ojos negros de Consuelo, en esos momentos, cuando dejan de sonreír, envían un mensaje muy sencillo: para conseguir que deje de luchar tendréis que asesinarme.



16 из 230