Luego valoraríamos la conveniencia de hablar con el fiscal. Le sugerí que evitase mantener conversaciones comprometedoras por teléfono o en los lugares donde habían investigado los inspectores y en los que podían haber instalado todo tipo de micros. A modo de conclusión, Consuelo le dijo fríamente que volveríamos a citarle para dentro de unos días y que, de momento, se pasase por secretaría para la cuestión de los pagos.

La adoro cuando me libera de la desagradable obligación de hablar de dinero con los clientes.

La mujer del ladrón, la señora Carlone, estaba mucho menos nerviosa. Hablar con el abogado de los problemas de su marido con la ley no era una experiencia nueva para ella, aunque este caso fuera mucho más grave que los anteriores. La policía judicial había llevado a cabo una larga investigación acerca de una preocupante serie de robos, había intervenido líneas telefónicas, seguido a sospechosos, tomado huellas digitales en los pisos que habían sido limpiados y, por último, había arrestado al señor Carlone y a cinco amigos de éste, bajo la acusación de robo, con los agravantes de reincidencia y asociación delictiva. Los antecedentes penales de Carlone eran enciclopédicos (aunque algo monótonos, dado que en toda su vida lo único que había hecho, exclusivamente, era robar) y cuando su mujer preguntó por lo único que le interesaba de verdad -cuándo saldría- le contestamos que la cosa no iba a ser ni rápida ni fácil. Por el momento, impugnaríamos ante el Tribunal de Apelaciones la orden de prisión preventiva pero, le dije a madame Carlone, era mejor no hacerse muchas ilusiones, incluso en el caso de que sólo se probase la mitad de los delitos que se le imputaban.

Cuando la señora se fue le dije a Consuelo que estudiase los papeles que nos habían traído el agrimensor y la mujer del ladrón y que preparase los borradores de los recursos.

– ¿Puedo decir una cosa, Guido?

Consuelo hace siempre esta introducción cuando sabe, o supone, que su discurso va a ser polémico. No es una forma de pedir permiso, es una fórmula estilística, la manera que tiene de prevenirme acerca de que está a punto de decir algo que puede que no me guste.



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