
Recibí al agrimensor y luego a la mujer del ladrón, acompañado de Consuelo. Cuando la presento, los clientes hacen siempre un gesto interrogativo.
– Es mi colega Favia, se ocupará conmigo de su caso.
¿Colega?
La pregunta surge siempre, de forma más o menos evidente, en la mirada del cliente de turno. Yo, entonces, preciso: «La abogada Consuelo Favia. Trabaja conmigo desde hace unos meses. Llevaremos juntos su caso».
El estupor está bastante justificado y, por lo general, no tiene nada que ver con el racismo. Simplemente, en Bari, y en Italia en general, uno no espera todavía encontrarse con una joven de tez oscura y rasgos andinos que sea abogada.
El agrimensor llevaba un reloj que jamás hubiera podido permitirse con su sueldo, vestía un traje negro antracita con una camiseta de play boy totalmente pasado de moda, y estaba al borde de una crisis de nervios. Decía que no había hecho nada malo, que como mucho había aceptado alguna propinilla y algún que otro regalito. Sin que él pidiera nada, se preocupó mucho en precisar. Pero ¿quién rechaza algún que otro regalito, qué diablos? ¿Corría el riesgo de ser arrestado? No correría el riesgo de ser arrestado, ¿verdad?
Ha llegado el momento de decir que detesto a los delincuentes como el agrimensor en cuestión. Los defiendo porque así es como me gano la vida pero, francamente, si por mi gusto fuera, los arrojaría a todos a un lóbrego calabozo y me desharía de la llave para siempre. Así pues, después de dejarle hablar durante unos veinte minutos, tuve que reprimir el impulso de agravar sus preocupaciones en vez de calmarlas. Le dije que para expresar una opinión más clara teníamos que examinar la orden de investigación y las relativas incautaciones y que, eventualmente, las impugnaríamos ante el Tribunal de Apelaciones.
