Hizo una pausa y le escrutó el semblante. La expresión de Barnaby apenas revelaba nada; su frente despejada, las cejas rectas, los firmes pómulos bien dibujados, las líneas austeras del mentón y la mandíbula permanecían fijos, impasibles. Penelope abrió las manos.

– Bien, le he explicado nuestra situación. ¿Nos ayudará?

Para su fastidio, Barnaby no contestó enseguida. No mordió el anzuelo incitado por el temor de que ella se aventurase sola en el East End. No obstante, tampoco se negó. La estudió con detenimiento, manteniendo la expresión indescifrable el tiempo suficiente para que ella se preguntara si él había descubierto su estratagema. Luego cambió de postura, reclinándose de nuevo en el respaldo.

– ¿Cómo cree que deberíamos plantear nuestra investigación?

Penelope disimuló una sonrisa.

– Pensaba que, si no tiene otros compromisos, podría visitar el orfanato mañana para formarse una idea de cómo trabajamos y del tipo de niños que acogemos. Luego…

Barnaby escuchó mientras ella bosquejaba una estrategia sumamente sensata que le proporcionaría los datos esenciales para establecer por dónde encauzar la pesquisa y, por consiguiente, el mejor modo de proceder.

Las sensatas y lógicas palabras que pronunciaban sus labios, todavía lozanos y carnosos, todavía turbadores, confirmaron que Penelope Ashford era peligrosa. Tanto o más de lo que sugería su reputación.

En el caso de Barnaby, sin duda más, habida cuenta de la fascinación que le causaban sus labios. Por añadidura, le estaba ofreciendo algo que a ninguna otra damisela se le habría ocurrido darle: un caso. Justo cuando con más urgencia lo necesitaba.

– Una vez que hayamos hablado con los vecinos que vieron cómo se llevaban a Dick, confío en que estará en condiciones de trazar un plan de acción.



12 из 432