
Se sentía en paz… bueno, digamos envuelto en una bendita paz pero insatisfecho.
No era que en los últimos tiempos no hubiese cosechado ningún éxito. Tras más de nueve meses de pesquisas había desenmascarado a una cuadrilla de jóvenes caballeros, todos de familias acomodadas, que no contentos con ser clientes de antros de perdición habían pensado que sería divertido regentarlos. Había presentado suficientes pruebas como para acusarlos y condenarlos a pesar de su posición social. Había sido un caso difícil, arduo y larguísimo; concluirlo con éxito le había granjeado agradecidos elogios de los pares que supervisaban la labor de la Policía Metropolitana de Londres.
Seguro que su madre, al enterarse de la noticia, había torcido el gesto con expresión remilgada, manifestando tal vez un irónico deseo de que su vástago pusiera tanto interés en la caza del zorro como en la de villanos, aunque sin duda se habría guardado mucho de decirlo en voz alta puesto que su padre era uno de los antedichos pares.
En toda sociedad moderna era preciso que se sirviera a la justicia con ecuanimidad, sin miedo ni favoritismos, mal les pesara a aquellos entre las élites que se negaban a creer que las leyes del Parlamento les eran aplicables como a cualquiera. El propio primer ministro le había felicitado por su último triunfo.
Barnaby se llevó la copa a los labios y bebió un sorbo. El éxito le había sabido a gloria pero lo había áeja.do extrañamente vacío. Insatisfecho de un modo inesperado. Desde luego había previsto sentirse más feliz en lugar de vacío y sin rumbo, flotando a la deriva ahora que ya no tenía un caso que le absorbiera, que desafiara su ingenio y le ocupara el tiempo.
Quizá su estado de ánimo tan sólo fuese un reflejo de la estación, las últimas fases de otro año, la época en que descendían frías nieblas y la buena sociedad corría a refugiarse al calor de los hogares ancestrales, donde se prepararía para la llegada de las fiestas y las bulliciosas celebraciones que éstas conllevaban. A él esta época siempre le había resultado difícil, en especial hallar una excusa aceptable para eludir las reuniones sociales que astutamente urdía su madre.
