Había casado a sus dos hermanos mayores y a su hermana, Melissa, con demasiada facilidad; en él había encontrado su Waterloo, pero presentaba batalla más obstinada e infatigable que Napoleón. Resuelta a ver casado como era debido al menor de su prole, estaba más que dispuesta a echar mano de las armas que fueran precisas con tal de lograr su objetivo.

Pese a no tener nada mejor que hacer, a Barnaby no le apetecía plantarse ante la verja del castillo de Cothelstone como candidato a las maquinaciones nupciales de su madre. ¿Y si nevaba y no podía escapar?

Por desgracia, incluso los villanos tendían a hibernar en los meses fríos.

Un golpeteo seco hizo añicos el reconfortante silencio.

Volviendo la vista hacia la puerta del salón, Barnaby cayó en la cuenta de que había oído un carruaje en la calle. El traqueteo de las ruedas sobre el adoquinado había cesado delante de su residencia. Escuchó el paso comedido de Mostyn dirigiéndose a la puerta principal. ¿Quién podía venir a aquellas horas -un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea confirmó que eran más de las once- y en semejante noche? Al otro lado de las pesadas cortinas que cerraban las ventanas la noche era inhóspita, una densa y gélida niebla envolvía las calles engullendo las casas, convirtiendo el conocido paisaje urbano en un fantasmal reino gótico.

Nadie se aventuraría a salir en una noche como aquélla sin una buena razón.

Oyó unas voces apagadas. Al parecer Mostyn ponía empeño en disuadir a quienquiera que estuviese tratando de perturbar la paz de su amo.

De repente se hizo el silencio.

Un momento después la puerta se abrió y Mostyn entró en el salón, cerrando con cuidado a sus espaldas. Un vistazo a los labios prietos de Mostyn y a su expresión de estudiada indiferencia bastó para informar a Barnaby de que la visita no contaba con su aprobación. Aún más interesante resultaba que Mostyn hubiese sido derrocado, de manera inapelable, en su intento por rechazar al visitante.



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