
Transcurrido un elocuente silencio, Barnaby le indicó con elegante ademán la otra butaca.
– Tome asiento, por favor. ¿Le apetece beber algo?
Una breve sonrisa iluminó su semblante, que pasó de vistosamente atractivo a despampanante, mientras se dirigía al sillón colocado delante del suyo.
– Gracias, pero no. Lo único que necesito es su tiempo. -Despidió a Mostyn con un ademán. -Puede retirarse.
Mostyn se puso tenso y lanzó una ofendida mirada a Barnaby.
Reprimiendo una sonrisa, Barnaby refrendó la orden asintiendo con la cabeza. Pese a su desacuerdo, Mostyn se retiró aunque dejando la puerta entornada. Barnaby se percató pero no dijo nada. El mayordomo sabía que muchas jovencitas iban a la caza de su señor, a menudo con bastante inventiva; saltaba a la vista que a su juicio la señorita Ashford podría ser una de aquellas intrigantes. Barnaby no compartía tal parecer. Penelope Ashford tal vez tramara algo, pero el matrimonio no parecía su objetivo.
Mientras ella ponía el manguito sobre su regazo, Barnaby se dejó caer de nuevo en su butaca y la estudió otra vez. Era la joven más singular con que se había topado jamás. Tal fue la opinión que se formó incluso antes de que ella le dijera:
– Señor Adair, necesito su ayuda para encontrar a cuatro niños desaparecidos e impedir que secuestren a ninguno más.
Penelope levantó los ojos y los clavó en el rostro de Barnaby Adair. E hizo todo lo que pudo para no verlo. Cuando había decidido ir a verle no había imaginado que él, o mejor dicho su presencia, pudiera causarle algún efecto. ¿Por qué iba a pensarlo? Ningún hombre la había dejado jamás sin aliento, de modo que ¿por qué él? Era un auténtico fastidio.
Los ondulantes rizos rubios en torno a una cabeza bien formada, los pronunciados rasgos aguileños y aquellos ojos azul celeste que transmitían una penetrante inteligencia sin duda tenían su interés, pero al margen de sus rasgos había algo más en él, en su presencia, que la ponía nerviosa de un modo desconcertante.
