
Resultaba evidente que había causado una honda impresión en él, por más que entonces no hubiese reparado en ello. Entonces estaba concentrado en otro caso y había puesto más atención en desviar el interés de la joven que en ella.
Había crecido desde la última vez que la viera. No era que fuese más alta. De hecho, Barnaby no tenía claro que hubiese ganado centímetros en alguna parte de su cuerpo; estaba tan rellenita como su memoria la perfilaba. Sin embargo había ganado en estatura, en seguridad y confianza en sí misma; aunque dudaba que alguna vez hubiese carecido de esta última, ahora era la clase de dama que cualquier necio reconocería como una fuerza de la naturaleza a quien resultaría peligroso contrariar.
No era de extrañar que hubiese arrollado a Mostyn.
La señorita Ashford ya no sonreía. Lo estaba observando abiertamente; en casi cualquier otro caso él lo habría considerado un descaro pero, al parecer, lo estaba evaluando intelectualmente más que físicamente.
Labios sonrosados, embriagadoramente lozanos, firmes como si hubiese tomado una determinación.
Picado por la curiosidad, Barnaby ladeó la cabeza.
– ¿A qué debo el honor de esta visita? -Esa visita tan irregular, por no decir potencialmente escandalosa, siendo como era una dama de buena cuna en edad casadera que visitaba a altas horas de la noche a un caballero soltero con quien no la unía ningún parentesco. Sola. Sin carabina alguna. Debería protestar y decirle que se fuera. Seguro que Mostyn lo veía así.
Sus bellos ojos castaños lo miraron de hito en hito, sin el menor asomo de malicia o temor.
– Quiero que me ayude a resolver un crimen.
Barnaby le sostuvo la mirada.
Ella no se amedrentó.
