
Cruzando las manos encima de los guantes, lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada.
– El procedimiento normal es que la autoridad competente ponga a los niños formalmente a cargo del orfanato, o que lo haga su último tutor con vida. Esto último se da con frecuencia. Suele suceder que un pariente agonizante, sabedor de que su pupilo pronto estará sólo en el mundo, se ponga en contacto con nosotros, que acudimos y nos encargamos de todas las diligencias. Por lo general, el niño permanece con su tutor hasta el final y, al fallecer éste, se nos manda aviso, normalmente por medio de algún vecino servicial, y entonces regresamos A recoger al huérfano para llevarlo al orfanato.
Barnaby asintió, dando a entender que por el momento todo estaba claro.
Penelope tomó aire y prosiguió, notando los pulmones tensos, su lenguaje era más seco a medida que resurgía el enojo.
– Durante el último mes, en cuatro ocasiones distintas, al llegar en busca de un niño nos hemos encontrado con que un hombre se nos había adelantado. Dijo a los vecinos que era funcionario municipal, pero no existe ninguna autoridad que recoja a los huérfanos. Si la hubiera, lo sabríamos.
La mirada azul de Adair se aguzó.
– ¿Siempre es el mismo hombre?
– Por lo que nos han dicho, podría serlo. Pero no es seguro.
Aguardó mientras él reflexionaba. Se mordió la lengua y se obligó a permanecer quieta en el asiento, observando la expresión concentrada de Barnaby.
Tenía ganas de seguir adelante, de exigirle que actuara y decirle cómo hacerlo. Estaba acostumbrada a dirigir, a hacerse cargo de las cosas y ordenar cuanto estimara conveniente. Sus ideas solían ser acertadas y, por lo general, a la gente le iba todo mucho mejor si se limitaba a ceñirse a sus instrucciones. Ahora bien, necesitaba la ayuda de Barnaby Adair y el instinto le aconsejaba andarse con pies de plomo. Guiar en vez de presionar.
