
Persuadir en vez de mandar.
Barnaby había adoptado un aire ausente pero de pronto volvió a mirarla a los ojos.
– Ustedes recogen niños y niñas. ¿Sólo han desaparecido niños?
– Sí-contestó Penelope, asintiendo con la cabeza. -En los últimos meses hemos admitido a más niñas que niños, pero ese hombre sólo se ha llevado niños.
Hubo un compás de espera.
– Se ha llevado a cuatro; hábleme de cada uno de ellos. Comience por el primero: cuénteme todo lo que sepa, cada detalle, por más intrascendente que parezca.
Barnaby la observó mientras ella escarbaba en su memoria; concentrada, los rasgos se le suavizaron perdiendo parte de su habitual vitalidad. Tomó aire y clavó la vista en el fuego como si leyera en las llamas.
– El primero era de Chicksand Street en Spitalfields, una boca calle de Brick Lane al norte de Whitechapel Road. Tenía ocho años, o al menos eso nos dijo su tío. Él, el tío, se estaba muriendo y…
Barnaby la escuchó mientras ella, sin acabar de sorprenderlo, lo informaba exactamente y enumeraba los pormenores de cada caso con lujo de detalles. Aparte de formular alguna que otra pregunta secundaria, no tuvo que ayudarla a hurgar en sus recuerdos.
Barnaby estaba acostumbrado a tratar con damas de la alta sociedad, a interrogar a damiselas cuyas mentes se iban por las ramas al abordar un asunto, saltando de un tema a otro, de modo que se precisaba la sabiduría de Salomón y la paciencia de Júpiter para formarse una idea de lo que realmente sabían.
Penelope Ashford pertenecía a otra especie. Había llegado a oídos de Barnaby que era muy suya, que prestaba poca atención a las convenciones sociales si éstas se interponían en su camino. Se decía que era demasiado inteligente para su propio bien, franca y directa en extremo, y abundaban quienes atribuían su soltería a esa combinación de rasgos.
