

Colleen McCullough
Las Señoritas De Missalonghi
The ladies of Missalonghi
Traducción de Marita Osés
Para mi madre,
que finalmente ha visto realizado su sueño de vivir
en las Montañas Azules
NOTA DE LA AUTORA
Para aquellos lectores que adviertan que escribimos Missalonghi con una “a” en lugar de la “o” que ahora se acepta como correcta, deseamos aclarar que, en Australia, durante la época en que esta historia se encuadra, era más corriente la tradicional “a”.
***
– ¿Me puedes decir, Octavia, por qué parece que nuestra suerte nunca cambia para bien? -preguntó Drusilla Wright a su hermana, y añadió con un suspiro-: Necesitamos un tejado nuevo.
La señorita Octavia Hurlingford dejó caer las manos en su regazo, meneó la cabeza tristemente e hizo eco al suspiro de su hermana.
– ¡Oh, querida! ¿Estás segura?
– Denys dice que sí.
Como su sobrino Denys Hurlingford era el propietario de la ferretería local y poseía asimismo un próspero negocio de instalaciones sanitarias, su palabra era ley en estas cuestiones.
– ¿Cuánto costará un tejado nuevo? ¿Hay que cambiarlo por completo? ¿No podríamos sustituir sólo las láminas más deterioradas?
– Sólo hay una lámina que valga la pena conservar, según Denys, así que me temo que nos costará unas cincuenta libras.
Se produjo un sombrío silencio, mientras ambas hermanas se devanaban los sesos en busca de una fuente de ingresos que les proporcionase los fondos necesarios. Se hallaban sentadas de lado en un sofá relleno de crin cuyos buenos tiempos eran tan remotos que ya nadie los recordaba. Drusilla Wright hacía vainica en el borde de una tela de lino con una destreza minuciosa y delicada, y Octavia estaba ocupada con una labor de ganchillo tan exquisitamente trabajada como la vainica.
