
– Podríamos emplear las cincuenta libras que padre puso en el banco cuando nací -dijo la tercera ocupante de la habitación, ansiosa de compensar el hecho de no ahorrar ni un céntimo del dinero que sacaba vendiendo huevos y mantequilla.
También estaba trabajando, sentada en una silla baja, haciendo encaje con una lanzadera y una madeja de hilo de color crudo, moviendo los dedos con la absoluta eficacia de quien domina hasta tal punto la tarea que puede realizarla sin mirar ni pensar.
– Gracias, pero no -dijo Drusilla.
Y aquello puso fin a la única conversación que se produjo durante el rato de labor, que ocupaba dos horas de la tarde del viernes, porque poco después el reloj del vestíbulo empezó a dar las cuatro. Con las últimas vibraciones todavía suspensas en el aire, las tres mujeres procedieron a guardar sus labores con el automatismo propio de las viejas costumbres: Drusilla su vainica, Octavia su ganchillo y Missy su encaje. Cada una de ellas colocó su labor dentro de una bolsa de franela gris idéntica a las otras, que se cerraba con un cordoncillo, tras lo cual guardaron sus respectivas bolsas en una desvencijada cómoda de caoba situada debajo de la ventana.
La rutina no variaba nunca. A las cuatro se terminaba la sesión de dos horas de labor en la sala de estar, y empezaba otra, también de dos horas pero distinta. Drusilla se sentaba al órgano, que era su único tesoro y su único placer, mientras Octavia y Missy se iban a la cocina, donde preparaban la cena y finalizaban las tareas exteriores.
Reunidas en el umbral de la puerta como tres gallinas de jerarquía incierta, era fácil adivinar que Drusilla y Octavia eran hermanas. Ambas eran de elevada estatura y poseían un rostro alargado, huesudo y anémicamente pálido; pero mientras Drusilla era robusta y musculosa, Octavia estaba achacosa y disminuida por una larga enfermedad de los huesos. Missy tenía en común con ellas la altura, aunque apenas medía un metro setenta, frente a los uno setenta y siete de su tía y uno ochenta y dos de su madre. No guardaba ningún parecido, pues era tan morena como rubias ellas, con un pecho tan plano como generosos los de las otras, y sus rasgos eran tan pequeños como grandes los de ellas.
