
– Sí -dijo Missy sonrojándose.
– A mí me pasó lo mismo la primera vez que lo vi -dijo Una con indolencia.
– ¿Cuándo fue eso?
– Hace siglos. En realidad, hace años, querida. En Sidney.
– ¿Lo conoces?
– Y tanto -dijo Una suspirando.
El exceso de novelas del último mes había ampliado considerablemente la educación emocional de Missy, así que se sintió lo bastante segura para preguntar.
– ¿Lo amabas?
Pero Una se echó a reír.
– No, querida; si de una cosa puedes estar por competo segura, es de que nunca lo amé.
– ¿Viene de Sidney?
– Entre otros lugares.
– ¿Era amigo tuyo?
– No. Era amigo de mi marido.
Esto constituía una auténtica novedad para Missy.
– ¡Oh, lo siento, Una! No tenía idea de que fueras viuda.
Una se volvió a reír.
– ¡Querida, no soy viuda! ¡Los santos me preservan de los vestidos de luto! Wallace, mi marido, está todavía muy vivo. La mejor manera de describir mi fallida unión es decir que mi marido se divorció del matrimonio… y de mí.
Missy no había conocido a una divorciada en toda su vida; los Hurlingford no deshacían matrimonios, ya se contrajeran en el cielo, el infierno o el limbo.
– Debe de haberte resultado muy difícil -dijo en voz baja, esforzándose por no parecer escrupulosa o impresionada.
– Querida, sólo yo sé lo difícil que fue. -La luz de Una desapareció-. En realidad, fue un matrimonio de conveniencia. A él, o, más bien, a su padre, le pareció adecuada mi posición social y a mí me pareció conveniente su gran cantidad de dinero.
– ¿No lo amabas?
– Mi gran problema, querida, que me ha acarreado mucho más, es que nunca he amado a nadie tanto como a mí misma. -Hizo una mueca, y su luz, que acababa de recuperar su intensidad normal, volvió a desaparecer-.
