– De verdad, Una, no puedo -dijo Missy, sintiéndose miserable.

Una parecía empeñada.

– Sí que puedes.

Missy descubrió de pronto que uno no puede negar favores a aquellas personas con las que estás en deuda, y se rindió.

– Bueno, de acuerdo, pero sólo un minuto.

– Lo que deseo saber es si ya te has fijado en John Smith -dijo Una, mientras sus brillantes uñas revoloteaban sobre su moño rutilante, y sus ojos, de un azul luminoso, resplandecían.

– ¿John Smith? ¿Quién es John Smith?

– El tipo que compró tu valle la semana pasada.

En realidad, el valle de Missy no era su valle, por supuesto. Simplemente se extendía a lo largo del extremo de Gordon Street, pero siempre pensaba en él como si fuera suyo y le había hablado a Una más de una vez de sus deseos de ir a caminar por él. Su cara se entristeció.

– ¡Oh, qué lástima!

– ¡Bah! Si quieres saber lo que pienso, me alegro de ello. Ya era hora de que alguien pusiera los pies en la puerta de los Hurlingford.

– Bueno, nunca he oído hablar de este John Smith, y estoy segura de no haberlo visto nunca -dijo Missy, dándose media vuelta para marcharse.

– ¿Cómo sabes que nunca lo has visto si ni siquiera te quedas a oír cómo es?

La imagen del forastero que había visto en la tienda de tío Maxwell pasó por la mente de Missy; cerró los ojos y dijo, con más seguridad de la habitual:

– Es muy alto y de constitución robusta; tiene el cabello rizado de color castaño rojizo y la barba del mismo color con dos mechones blancos; lleva unas ropas toscas y blasfema como un arriero. Tiene un rostro agradable, pero sus ojos lo son todavía más.

– ¡Es él! ¡Es él! -chilló Una-. ¡Así que lo has visto! ¿Dónde? Cuéntamelo todo.

– Acaba de entrar en la tienda de tío Maxwell hace unos minutos y ha comprado muchas provisiones.

– ¿De veras? Será que se va a vivir al valle -dijo Una, haciendo una mueca maliciosa a Missy-. Creo que te ha gustado lo que has visto, ¿verdad, Missy, Mosquita Muerta?



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