
Drusilla acostumbraba decirse a sí misma y a su hermana que vivía para ver el día en que su tímida hija manifestara alguna señal de resistencia, pero aquel humilde amago de independencia fue a dar contra una pared autoritaria que la madre ignoraba haber levantado. Así que dijo, consternada:
– ¿Prescindir? ¡De ninguna manera! La papilla de avena es nuestro alimento básico en invierno y es más barata que el carbón. -Su tono de voz se hizo más cordial, más de igual a igual-. ¿A qué temperatura estamos?
Missy consultó el termómetro de la sala.
– ¡Cinco grados! -exclamó.
– Entonces cenaremos en la cocina y pasaremos ahí la velada -gritó Drusilla, que ya estaba aporreando de nuevo a Bach.
Envuelta en su abrigo de sarga marrón, una bufanda de lana marrón y un gorro tejido marrón, con los seis peniques del monedero de su madre metidos en el dedo de un guante de lana marrón, Missy salió de la casa y se apresuró por el pulido sendero de ladrillos hasta la verja principal. En la pequeña cesta de la compra llevaba un libro de la biblioteca; las oportunidades de hacer una escapada a la biblioteca eran escasas y poco frecuentes, y si se daba prisa nadie tenía por qué saber que había hecho algo más que ir a la tienda de tío Maxwell a buscar avena. Aquella noche su tía Livilla estaría al frente de la biblioteca, así que tendría que coger un libro de tipo edificante en lugar de una novela, pero, a los ojos de Missy, era mejor cualquier clase de libro que ninguno. Y el domingo siguiente Una estaría allí, así que podría coger una novela.
El aire estaba lleno de una fina y suave neblina escocesa que vacilaba entre niebla y llovizna y cubría de gruesas y redondas gotas de agua el seto de aligustre que bordeaba la casa denominaba Missalonghi. En el momento en que Missy puso los pies en Gordon Road, empezó a correr, y sólo redujo su marcha a un rápido caminar al llegar a la esquina, a causa de aquella punzada terriblemente dolorosa en el costado izquierdo que la atenazaba.
