
Del otro lado de la puerta de la cocina la música del órgano era ensordecedora. Drusilla era una pésimas intérprete a quien toda la vida le habían dicho que era una buena organista, pero incluso tocar con aquella ineptitud tan firme requería ejercitarse sin reparos, así que, entre las cuatro y las seis de cada día de la semana, Drusilla practicaba. Tenía su razón de ser, pues todos los domingos imponía su falta de talento en la extensa congregación de Hurlingford que se reunía en la iglesia anglicana de Byron; ninguno tenía oído, por lo que todos ellos pensaban que el acompañamiento musical de la ceremonia era excelente.
Missy entró cautelosamente en la sala, no en la que habían estado haciendo labor, sino en la que reservaban para ocasiones especiales, que albergaba el órgano; allí, Drusilla atacaba a Bach con todo el clamor y el estruendo de una justa entre caballeros, sentada con la espalda erguida, los ojos cerrados, la cabeza inclinada y la boca crispada.
– ¿Madre?
Era el más leve de los susurros, un filamento de sonido enfrentado a cientos de barcos con sus velas preparadas para zarpar.
Pero fue suficiente. Drusilla abrió los ojos y se volvió, con más resignación que enojo.
– ¿Y bien?
– Siento interrumpirte, pero necesitamos más avena antes de que tío Maxwell cierre. Los ratones se han acabado toda la bolsa.
Drusilla suspiró.
– Pues tráeme el monedero.
Le alcanzó el monedero, de cuyas fláccidas cavidades pescó una moneda de seis peniques.
– ¡Avena a granel, no lo olvides! Todo lo que pagas por una marca comercial es la caja bonita.
– ¡No, madre1 La avena envasada sabe mucho mejor y tampoco tienes que hervirla durante toda la noche. -Missy alimentó una ligera esperanza.- De hecho, si tú y tía Octavia prefirierais comer avena envasada, yo prescindiría de ella alegremente para compensar la diferencia de gusto.
