
¡Oh, qué preciosidad! Missy se paró maravillada ante una inmensa telaraña adornada de cientos de gotitas dejadas en ella por los suaves jirones de niebla que se desplazaban palpitando desde el valle invisible del extremo opuesto de Gordon Road. Había una enorme araña peluda y brillante en medio de la tela, escoltada por su diminuto y contrito compañero del momento, pero Missy no sintió miedo ni repulsión: sólo envidia. Aquella afortunada criatura, además de ser dueña intrépida y decidida de su mundo, enarbolaba la bandera original de las sufragistas, no sólo porque dominaba y utilizaba a su marido, sino porque se lo comía después de que su utilidad quedara esparcida sobre los huevos que ella había puesto. ¡Oh, afortunada, afortunada señora araña! Puedes destruir su mundo, que ella volverá a hacerlo con serenidad siguiendo indicaciones innatas, tan bonito, tan etéreo que su temporalidad carecerá de importancia; y cuando termine la nueva tela, organizará en ella la siguiente serie de consortes, como una fiesta móvil, con el apenas robusto marido de hoy cerca del centro, y sus sucesores cada vez más pequeños a medida que se alejaban de la Madre ubicada en el centro.
