
¡Se hacía tarde! Missy empezó a correr otra vez, girando hacia Byron Street y dirigiéndose a la hilera de tiendas colocadas en formación a ambos lados de un bloque del centro del pueblo, pocos metros antes de que Byron Street se haba grandiosa y exhiba el parque, la estación de ferrocarril, el hotel con el frente de mármol y la imponente fachada egipcia de los Baños Termales de Byron.
Había una tienda de ultramarinos y productos agrícolas, propiedad de Maxwell Hurlingford; una ferretería propiedad de Denys Hurlingford; una sombrerería de damas propiedad de Aurelia Marshall, Hurlingford de soltera; una herrería y estación de gasolina, propiedad de Thomas Hurlingford; una panadería, propiedad de Walter Hurlingford; una tienda de telas, propiedad de Herbert Hurlingford; una biblioteca, propiedad de Livilla Hurlingford; una carnicería, propiedad de Roger Hurlingford Witherspoon; una tienda de caramelos y tabacos propiedad de Percival Hurlingford, y el Café Olimpus, propiedad de Nikos Theodoropoulus.
Como correspondía a su importancia, Byron Street estaba asfaltada hasta que convergía con Noel Street y Caroline Lamb Place; poseía un abrevadero para los caballos, de granito esculpido, donado por el primer sir William, y estacas para atar los carruajes a lo largo del tramo entoldado de tiendas. Estaba bordeada de bonitos y vetustos eucaliptos y su aspecto era a la vez tranquilo y próspero.
Había muy pocas viviendas particulares en la parte central de Byron. El pueblo vivía de los visitantes estivales ansiosos de alejarse del calor y la humedad de la llanura costera y los que en cualquier época del año esperaban mitigar sus dolores reumáticos bañándose en las aguas termales que alguna grieta geológica había situado bajo el suelo de Byron. Por ello había muchas pensiones y residencias a lo largo de Byron Street, la mayoría de ellas propiedad de los Hurlingford y regentadas por ellos, naturalmente.
