Almont suspiró. Eso explicaba por qué no habían llegado barcos de Inglaterra en las últimas semanas, ni despachos de la corte. Recordó la peste de Londres de hacía diez años, y esperó que su hermana y su sobrina hubieran tenido la presencia de ánimo suficiente para refugiarse en la casa de campo. Pero la noticia no lo perturbó demasiado. El gobernador Almont aceptaba la desgracia con estoicidad. Él mismo convivía cotidianamente con el riesgo de la disentería y de las fiebres convulsivas que cada semana mataban a varios habitantes de Port Royal.

– Me gustaría saber más -dijo-. Os ruego que cenéis en mi casa esta noche.

– Será un placer -aceptó Morton, haciendo otra reverencia-. Será un honor, excelencia.

– Esperad a opinar cuando veáis la mesa que esta mísera colonia puede ofrecer -dijo Almont-. Una última cosa, capitán. Necesito criadas para la mansión. El último grupo de negras estaban enfermas y murieron. Os estaría infinitamente agradecido si pudierais mandarme a las mujeres convictas a la mansión lo antes posible. Yo me encargaré de los documentos.

– Excelencia.

Almont saludó con la cabeza y subió con dificultad al carruaje. Con un suspiro de alivio, se arrellanó en el asiento y ordenó volver a la mansión.

– Un día maloliente y penoso -comentó el comandante Scott.

Y en efecto, durante un buen rato, el hedor de la ciudad se mantuvo en la nariz del gobernador y no se disipó hasta que esnifó otro pellizco de rapé.

3

Con ropa ligera, el gobernador Almont desayunaba solo en el comedor de la mansión. Como tenía por costumbre, tomó un poco de pescado hervido y una copita de vino, seguido de otro de los pequeños placeres que le proporcionaba su destino: una taza de café solo y fuerte. Desde su nombramiento como gobernador se había ido aficionando cada vez más al café, y se regodeaba sabiendo que tenía cantidades casi ilimitadas de esa delicia que en la madre patria escaseaba.



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