– Cuánta amabilidad por parte de lord Ambritton -ironizó Almont. De vez en cuando, algún funcionario de las grandes ciudades de Inglaterra disponía que algunas mujeres condenadas fueran enviadas a Jamaica, una simple treta para ahorrarse los gastos de mantenerlas en prisión en su tierra. Sir James no se hacía ilusiones sobre cómo sería este nuevo grupo de mujeres-. ¿Dónde está el señor Hacklett?

– A bordo, recogiendo sus pertenencias con la señora Hacklett, excelencia. -El capitán Morton se movió nerviosamente-. Ella no ha tenido una travesía muy agradable, excelencia.

– No me cabe duda -dijo Almont. Le irritaba que su nuevo secretario no estuviera en tierra esperándolo-. ¿El señor Hacklett trae algún mensaje para mí?

– Es posible, excelencia -dijo Morton.

– Tened la bondad de decirle que se reúna conmigo en la mansión del gobernador en cuanto le sea posible.

– Así lo haré, excelencia.

– Esperaréis la llegada del sobrecargo y del señor Gower, el inspector de aduanas, que verificará vuestro manifiesto y supervisará la operación de descarga. ¿Tenéis muchas muertes de las que informar?

– Solo dos, excelencia, simples marineros. Uno cayó por la borda y el otro murió de hidropesía. De otro modo, jamás habría entrado en el puerto.

Almont vaciló.

– ¿A qué se refiere con que no habría entrado en el puerto?

– Me refiero a si alguien hubiera muerto de peste, excelencia.

Almont frunció el ceño bajo el intenso calor.

– ¿La peste?

– ¿Su excelencia no está al corriente de la peste que recientemente ha atacado Londres y algunas otras ciudades inglesas?

– No sabía absolutamente nada -dijo Almont-. ¿Hay peste en Londres?

– Así, es excelencia, ya hace meses que se extiende, entre la confusión general e innumerables muertes. Se dice que llegó de Amsterdam.



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