– Sir James…

– Y finalmente -prosiguió Almont-, tengo el deber, tácitamente, de privar a la corte de Felipe IV de tanta riqueza como sea posible. Sin duda su majestad considera, aunque en privado, que este es también un objetivo digno de esfuerzo. Sobre todo teniendo en cuenta que gran parte del oro que no llega a Cádiz acaba en Londres. En consecuencia, las iniciativas corsarias se fomentan abiertamente. Pero no la piratería, señor Hacklett. Y no se trata de una cuestión terminológica.

– Pero, sir James…

– La dura realidad de la colonia no admite un debate -sentenció Almont, sentándose de nuevo y apoyando el pie en el cojín-. Podéis reflexionar a placer sobre cuanto os he dicho, pero comprenderéis, estoy seguro de que lo haréis, que hablo con la sabiduría que se deriva de la experiencia en estos asuntos. Tened la amabilidad de acompañarme esta noche en la cena con el capitán Morton. Mientras tanto, estoy seguro de que tenéis mucho de lo que ocuparos para instalaros en vuestro alojamiento.

La entrevista había llegado claramente a su fin. Hacklett y su esposa se levantaron. El secretario hizo una leve y rígida reverencia.

– Sir James.

– Señor Hacklett. Señora Hacklett.

La pareja salió y el ayudante cerró la puerta. Almont se frotó los ojos.

– Santo cielo -dijo, sacudiendo la cabeza.

– ¿Deseáis descansar un poco, excelencia? -preguntó John.

– Sí -contestó Almont-. Desearía descansar.

Se levantó de detrás de la mesa y salió al pasillo, para dirigirse a sus habitaciones. Al pasar por una estancia, oyó agua salpicando en una bañera de metal y una risita femenina. Miró a John.

– Están bañando a la nueva criada -dijo John.

Almont gruñó.

– ¿Desea examinarla más tarde?

– Sí, más tarde -respondió Almont. Miró a John y sintió cierta diversión.



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