Estaba claro que John seguía asustado por la acusación de brujería. Los miedos de la gente del pueblo, pensó, cuán necios eran y cuán arraigados estaban.

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Anne Sharpe se relajó en el agua tibia de la bañera y escuchó la charla de la enorme negra que se afanaba por la habitación. Anne no lograba entender casi nada de lo que decía la mujer, a pesar de que aparentemente hablaba en inglés; su entonación y su rara pronunciación le sonaban muy extrañas. La negra decía algo sobre la bondad del gobernador Almont. Anne Sharpe no estaba preocupada por la benevolencia del gobernador. Desde muy tierna edad había aprendido a tratar a los hombres.

Cerró los ojos y la cantilena de la negra dio paso en su cabeza al tañido de las campanas de la iglesia. En Londres había acabado odiando aquel sonido incesante y monótono.

Anne era la menor de tres hermanos, la hija de un marinero retirado reconvertido en fabricante de velas en Wapping. Cuando estalló la peste, poco antes de Navidad, sus dos hermanos mayores habían empezado a trabajar de vigilantes. Su misión era montar guardia frente a las puertas de las casas infectadas y procurar que sus habitantes no salieran por ningún motivo. Anne, por su parte, trabajaba de enfermera en casa de varias familias acomodadas.

Con el paso de las semanas, los horrores que había visto empezaron a mezclarse en su memoria. Las campanas tocaban de día y de noche. Todos los cementerios estaban llenos a rebosar; pronto no quedaron tumbas individuales, así que los cadáveres se echaban por docenas en zanjas profundas y se cubrían apresuradamente con cal y con tierra. Los carros funerarios, completamente cargados de cadáveres, recorrían las calles; los sacristanes se paraban frente a todas las casas gritando: «Sacad a vuestros muertos». El olor del aire pútrido era omnipresente.

Como el miedo. Anne recordaba haber visto a un hombre caer muerto en plena calle, con una bolsa repleta al lado, llena de monedas tintineantes. La gente pasó junto al cadáver, pero nadie se atrevió a recoger la bolsa. Más tarde se llevaron el cuerpo, pero la bolsa siguió allí, intacta.



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