
El gobernador Almont, conocido en el lugar como «James la Décima», debido a su costumbre de desviar una décima parte del botín de las expediciones corsarias a sus cofres privados, se apartó de la ventana y cojeando por culpa de su dolorida pierna izquierda cruzó la habitación para asearse. Inmediatamente se olvidó del navio mercante, porque aquella mañana sir James tenía la desagradable obligación de asistir a una ejecución en la horca.
La semana anterior, unos soldados habían capturado a un fuera de la ley francés llamado LeClerc, acusado de realizar una expedición pirata contra el asentamiento de Ocho Ríos, en la costa norte de la isla.
Gracias al testimonio de algunos supervivientes del ataque, LeClerc había sido condenado a morir públicamente en la horca en High Street. El gobernador Almont no sentía ningún interés por aquel francés ni por su suerte, pero debía asistir a la ejecución como representante de la autoridad. Le esperaba una mañana tediosa y formal.
Richards, el criado del gobernador, entró en la habitación.
– Buenos días, excelencia. Su Burdeos.
Ofreció la copa de vino al gobernador, quien inmediatamente se lo bebió de un trago. Richards preparó lo necesario para el aseo matinal: una jofaina de agua de rosas, otra llena de bayas de mirto aplastadas y otra más pequeña con polvo dentífrico y un paño para sacar brillo a los dientes. El gobernador Almont comenzó su aseo acompañado del siseo del fuelle perfumado que Richards utilizaba cada mañana para renovar el aire de la estancia.
